La verdad no sé cuándo me pasó, solo un día... Pasó.
Así me dijo una con la que salí.
Me llamo Dominic y mis amigos me dicen Don. Voy a la
universidad, cuarto semestre de Ingeniería electrónica, pero parece que llevo
como diez. Pero estoy certificado como un perro profesional. Muchacha que se me
cruza, allá que voy con toda. No sé cuándo en este corto tiempo me volví así,
pero aquí estamos.
—Parce, a lo bien qué puto asco.
Mateito estaba vomitando mucho hoy. Mi querido amigo de
lentes, el nerd del grupo y el pobre desafortunado que siempre termina enredado
con nosotros.
Me miró de reojo con la mirada medio perdida, sin aliento de
tanto trasbocar. Se limpió la boca y me alzó el dedo medio.
—No me ayude
tanto, pirobo. — Se quejó con la voz cansada, antes de volver a lo suyo. La
verdad es que ni yo sabía qué hacía ahí, parado en la esquina del cubículo
mirándolo con la cabeza metida en la taza. Cruzado de brazos porque mi amigo no
tenía el pelo tan largo como para que necesite mi ayuda para sostenerlo, como
lo hacían las chicas.
Inspiré
profundamente y me agaché dándole un par de palmaditas en la espalda.
—Vámonos, marica.
Ya no aguanta estar acá, mejor lo llevo a su casa.
El pobre asintió con las pocas fuerzas que tenía. Y yo
suspiré alejándome para no terminar vomitando también. Mirándolo allí, recordé
la rumba que estaba a mis espaldas, podía escuchar claramente el perreo más
intenso del mundo, un reguetón violento para que lo bailaran todas las mamis de
la discoteca. Yo debería estar allí, conquistando a la chica que me coqueteó
hace poco; sutil como son ellas, mirándome de arriba abajo un par de veces.
Pero no pude sentirme más asqueado.
Ayudé a mi amigo a levantarse y le limpié las comisuras de
la boca con un papel. Su vómito me daba menos repugnancia que la idea de volver
a la fiesta.
Llevábamos en el sitio como dos horas y media; normalmente,
me iría al otro día, manteniéndome lo suficientemente cuerdo como para ver
todas las barbaridades que hacía la gente cuando perdía el raciocinio.
Y tal vez hacer un par también.
—Vámonos, parce,
usted no es de este ambiente.
Afiancé mis
brazos alrededor de su espalda y lo ayudé a caminar agarrándolo de la gruesa
bomber que llevaba. Fuera del baño, allí estaba el ambiente. Era un buen lugar,
muy distinto a los huecos donde alguna vez nos metimos.
En el fondo, en
el centro de la barra estaba la estrella del grupo. La rubia decolorada,
Nicolás.
Sí, es mi amigo,
pero no pude evitar rodar los ojos y huir al verlo. Donde esa hijueputa me
viera, estábamos perdidos, nunca nos dejaría irnos.
A mi amigo le
puse la capucha de su abrigo y yo bajé la cabeza, mirando de reojo alrededor.
Si algún otro alcohólico en la carrera nos veía, estaríamos igual de mal o
peor. Quién sabe cuánto nos harían tomar para compensar la huida.
Mi abuela siempre
me dijo: Si usted ve a sus amigos tirándose del puente, ¿también lo va a hacer?
Si ella me viera
donde estoy ahora…
La discoteca era
grande y no solo la música alta lo aturdía a uno, también el olor a marihuana o
la gente ofreciendo tusi con tragos extraños. Pero en ese mar de gente que
esquivábamos a duras penas me llegó una revelación… No solo el ambiente lo
aturde a uno, la gente también; incluso más que todo lo anterior.
Se me estaba
haciendo eterno el camino a la salida. En la esquina vio los ojos de un
cocodrilo, al menos eso me pareció.
Un hombre alto,
con músculos en los músculos. David me echó un vistazo y asintió sosteniendo su
trago, una chica preciosa a su lado. Era la perfecta distinción de un chico
duro.
Pero la verdad es
que era una persona tranquila.
Apuntó a la
puerta con la cabeza y luego miró al costado contrario, en donde estaba Nicolás
en medio de todo.
Él se haría cargo
de la peli teñida.
Y finalmente, me
encontré con el frío de la noche.
Inspiré profundo
el olor a cigarrillo de los guardas, quiénes esperaban relajados junto a la
puerta.
Eché un vistazo a
mi espalda y por un momento sentí que aquel sitio lleno de lujos era realmente
la cueva de un monstruo de la finalmente había logrado escapar.
—Definitivamente,
hoy estoy hecho una puta nena—, sí, a veces murmuro para mí mismo como un loco.
Por suerte,
parecía que Dios estaba de mi lado esa noche y justo en la salida se bajaron
dos rubias de un taxi. Tras pedir el servicio al conductor, entré con mi
deplorable amigo.
—Cuidado con la
cabeza. — Puse mi mano en su nuca, lo ayudé con cuidado a sentarse allí. En un
segundo el taxista arrancó.
Me estaban dando
tantas ganas de un cigarro. Abrí un poco la ventana para ver si el aire de la
noche me despejaba y cerré los ojos mientras intentaba buscar calma.
Extrañamente, había una desagradable sensación en mi pecho; pese a que en
teoría todo estaba bien.
No tomé mucho, no
ingerí nada extraño, fumé poco hoy. Tampoco teníamos muchas entregas en la
universidad pues apenas estábamos iniciando semestre. Sin preocupaciones. Mi
propio trabajo iba bien, pero yo me sentía…
Vacío.
De pronto era
eso… Estaba demasiado cuerdo.
Miré a mi costado
para distraerme de estos pensamientos inundando mi mente y hallé la mirada de
Mateo. Recostado en el espaldar de la silla suspiró y me sonrió.
—Gracias, parce.
—De nada,
parcero.
Qué nenas nos
ponemos los hombre a veces. Pienso que si yo tuviera un escritor de mi vida,
realmente sería un hombre escrito por una mujer.
Bueno, si es así,
mi escritor… Me gustaría que fuera más amable conmigo.
Yo no siempre fui
un fiestero y un mujeriego descarado.
Saqué mi celular
y me puse a obtener dopamina fácil, como todas las nuevas generaciones.
Allí vi la
publicación de un tipo que decía:
“Cuando ella
quiso que volviera, no lo hice porque mi ego es más grande que la cuenta
bancaria de su papi”.
No supe ya ni qué
pensar.
El man es pobre,
se sintió menos y se fue.
O yo soy, en
efecto, todo lo que está mal en este mundo.
Fuera como fuera,
mejor eché un vistazo al numerito de las notificaciones que seguía subiendo
como espuma.
A este paso me
iría mejor como influencer. Aunque prácticamente lo soy, solo que no cobro por
ser la verga. No por nada tenía un montón de notificaciones de un montón de
gente nueva siguiéndome o dándole like a mis notificaciones.
Seguí bajando
hasta que la pequeña sonrisa en mi rostro se esfumó.
Teresa.
El corazón me dio
un brinco al ver esa foto en la pantalla. A pesar de que era otro ángulo, un
color de cabello nuevo, incluso si lo veía pequeño, la reconocí. Quise reírme
de nuevo pero no pude; curiosamente ahora que pensaba en esa época, fue como si
hubiera estado llamando algo del pasado.
En mi mente supe
que no debía mirar, así que me salí, pero mi corazón tomó el control por un
momento y fui corriendo a las solicitudes de mensajes.
“Hola”.
Sentí un vacío en
el estómago. Pero esta vez sí sonreí.
Ese mensaje.
¿Cuántas veces
estuve ya aquí?
Teresa y su mejor
amiga Natalia.
En un momento de
lucidez borré la notificación y esa condenada solicitud.
Dicen que después
de la tormenta viene la calma, pero ellas fueron una extensa tempestad para mí.
La historia no es
muy difícil de contar, la verdad. Después de un par de corazones rotos
finalmente perdí el control; tal vez no de mi vida, pero sí de mí mismo. Estaba
tan enojado en esa época. Guardé el celular y mejor me puse a ver las gotas que
caían en la ventana del Uber.
Típico de la gran
ciudad, la aglomeración de automotores en los semáforos era usualmente
insoportable. Pero siendo las dos de la mañana, había tranquilidad, ya casi
estábamos en la casa de mi amigo. Un par de calles más y estaríamos allí.
Siendo sincero,
no puedo decir que no esté enojado aún. Con la vida, con las personas que
influyeron en mí, pero más que todo, conmigo mismo.
“Desarrollo de personaje”
le llaman a esto en las redes, creo.
Mi abuela
realmente me había criado como un chico decente. Me gusta leer, sé algo de
carpintería, puedo cocinar muy bien y siendo sinceros, odiaba mucho las
fiestas.
Las odiaba con
todo mi corazón. Mi momento feliz era estar con ella en el patio, observando la
tarde.
Cerré los ojos
para saborear ese pequeño recuerdo que vino a mí; ojalá pudiera volver a ese momento.
Mi abuela era una mujer muy refinada, le gustaba tomar el té en las tardes como
los franceses, porque decía que así se podía relajar la mente. Ella se sentaba
del otro lado de la mesa a hacer un recuento de las plantas que cuidaba,
después leía una novela de las que tanto le gustaban; mientras, yo traía mis
figuras de acción y pasaba un rato allí, solo disfrutando de la calidez.
—Joven…
Abrí los ojos e
inspiré profundamente antes de sacar la cartera.
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